Muerte. Mi temor más profundo. Le temo por desconocida. Por experta en dejar vacios en lugares que el corazón siempre tuvo bien llenitos. Le temo por invisible, por inesperada y por invencible. Porque he visto los ojos que marchita, las caras que palidece y todas las palabras que se roba, dejando a las personas mudas para siempre.
Nunca he perdido a nadie. Ni familia, ni amigos. Solo un par de perros que supere al final de una semana. He visto a personas que amo perder a seres queridos, me desgarra, sus miradas perdidas, el silencio, las lagrimas que por fin me han dejado conocer, los suspiros profundos, todo eso me mata, y es lo más cercano que he conocido a la muerte. Casi nada.
Recuerdo un par de velorios a los que he ido, y otro par de entierros. Los odio. No por las lágrimas, no por las caras deformadas de dolor, no por el agujero en mi pecho, ni el nudo en mi garganta, si no por la emoción perdida, que en vez de ser vencida ante el llanto, me estanco, y no sale de mí una gota, ni una sola.
La gente me mira juzgando. –Mira no esta llorando. Que fría. Inhumana. Vete.-
Odio la muerte. No la comprendo, no la conozco, no la tolero.
Le temo,
Como le temo al frio cuando veo a los congelados.
Como le temo al fuego al ver a los quemados.
Como le temo al amor, al ver enamorados.
Le temo.
Elizabeth Lars.
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